sabato 3 dicembre 2011

Relación entre India y América (Continuación)

Las antiguas culturas estuvieron empapadas de un misticismo especial, de un respeto a la naturaleza y a todo lo creado. De un respeto al padre y a la madre, al sacerdote y a los ancianos. Su diario vivir estaba relacionado con una visión cosmológica donde todo estaba insertado como en un organismo perfecto. Organismo que el hombre de hoy se ha encargado de viviseccionar, incapaz de encontrar el motor de vida que lo mantiene latente. Ni siquiera la medicina moderna es capaz de ver el cuerpo humano como un solo órgano y de tratarlo como tal. Todo eso ha desaparecido y sólo queremos dar espacio a lo nuevo. ¿Pero qué es lo nuevo? Lo nuevo no es más que el intento fallido de unos mal llamados científicos que rechazan realidades superiores que con certeza y claridad son entendidas y percibidas por otras miles de personas.
Hoy muchos se lamentan, como si hubiesen perdido un bello libro de poemas. El hombre comienza a sentirse solo y artificialmente apartado de su madre tierra. Se ha vuelto como el joven rebelde que después de un tiempo anhela volver a casa. Sufre por el río que ya no es cristalino, por el aire que ya no es puro, por el alimento que enferma, por los animales que están extintos. El hombre se siente explotado y pobre. Muchos se han sentido engañados y en realidad lo hemos sido. El mismo cristianismo cometió el error de volverse demasiado aristotélico y de querer comulgar demasiado con los racionalistas, sin dar crédito a esas verdades que se revelan en el corazón de quienes sirven con amor y humildad a madre naturaleza, la verdad y lo divino. Primero persiguió la ciencia con ciego fanatismo y luego se doblegó ante ella con igual ceguera.
Arqueólogos, historiadores y antropólogos, parecen estar destapando la olla y demostrando que el verdadero siglo de las luces se dio mucho antes de lo enseñado. A este respecto, el Srimad Bhagvatam o Bhagvata Purana, es un muy valioso documento histórico de lo que fueron antiquísimas culturas que se remontan a millones y millones de años. Este libro, traducido del sánscrito en años relativamente recientes, sin duda traerá una revolución al pensamiento actual de la humanidad. Si queremos conocer la verdad debemos sentirnos ante el deber de abrir más nuestra mente, y ser más universales y apreciativos de esa misma verdad que buscamos, sin importar donde aparezca, ni quien pueda ser su dueño.
Se ha tratado de sembrar en nosotros admiración y aprecio por lo que viene de Europa, y de afirmar nuestras raíces occidentales ¿Pero quiénes forman estas raíces? Fueron tan sólo intelectuales que en el mejor de los casos intentaron comprender alguna verdad, y en el mayor de ellos, sólo estaban detrás de prestigio y dinero, pero en ambos casos, y siendo muy generosos, sólo alcanzaron pequeños vislumbres de verdades que tanto en el oriente como en muchas de nuestras culturas de América, ya eran más que conocidas y practicadas. Prueba de ello fue el furor que causó en los europeos los condimentos, las sedas, perfumes y artesanías de la India. Eran como pigmeos descubriendo la sal. Lo mismo sucedió en el campo de la filosofía y la cultura, y así, los filósofos que más lucieron en Europa son los que más se acercaron a las ideas de Oriente. Notables a este respecto son Schopenhauer, Hegel, Hoelderlin, Nietzsche, Carl Jung, entre muchos otros. Pero nuestra intención no es la de criticar sino la de encontrar nuestros orígenes naturales, y entender, con buena voluntad y alegría, que pertenecemos todos a una gran cultura, que somos una gran familia. Diría que esta cultura es la de la humanidad y para nuestra gran familia humana.
Así como recibimos un cuerpo, mente, e inteligencia de Dios, y así como de Él recibimos todo tipo de verduras, cereales, hierbas medicinales, fibras naturales, para atender los menesteres del cuerpo; energías como el sol, el viento, el agua, y animales como el toro y el caballo para ayudar en el trabajo; es muy razonable y hasta un deber admitir que también debió darnos algo para satisfacer necesidades más importantes y elevadas, como son las de la inteligencia y el espíritu. En otras palabras, Dios no sólo nos crea con deseos y necesidades, sino también nos da los medios y recursos para satisfacernos. Es natural y lógico ver las cosas de esta manera y por ello al hombre de oriente, o más precisamente, al hombre de la cultura Védica, no le costaba aceptar la realidad de un conocimiento superior, revelado, y perfecto, dado por Dios para satisfacer las inquietudes del espíritu, y que orientaba al hombre en todos los aspectos y necesidades de la vida.
De esta manera, así como no podemos decir que el aire es el derecho de un solo pueblo, o los rayos del sol, o los cereales del campo; del mismo modo no podemos decir que los Vedas son sólo para cierto grupo étnico. La verdad y el saber son para todos. Dos más dos son cuatro para todos los pueblos y tiempos. Sin embargo no faltan las personas con espíritu provinciano que tratan de adueñarse de la verdad y de administrarla a su gusto y gana, pero eso es tan absurdo como pretender guardar una canción en una caja. La verdad sólo pertenece a quienes la buscan con sinceridad, no pertenece a ninguna institución ni iglesia, ni a los científicos pragmáticos. Existe desde siempre, junto con la creación del hombre, así como el aire.
Con estas palabras nos acercamos a definir la finalidad de este trabajo, que es probar que nuestras raíces vienen de la India, pero no olvidemos que India no posee cultura ninguna sino que pertenece a una cultura de origen divino, que Dios reveló para todos los hombres.
Esta cultura se extendió en distintos grados y medidas por el mundo entero, y hoy se preserva hasta cierto punto en ese país de oriente. Estamos seguros que en la medida que progrese en la lectura de este artículo, no le quedarán dudas de que las culturas de los indios de América provinieron del oriente. Cuando usted comprenda esto, entenderá que la filosofía de los Vedas y la práctica del yoga no son en nada algo lejano o extraño a nuestras raíces. Como de alguna manera decíamos, la India es un país que siempre da para hablar. Criticado por los materialistas, admirado por los espiritualistas, siempre es un punto de atracción para todos, y este fenómeno viene ya de tiempos antiguos.

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